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El poder de la Noviolencia y las transformaciones culturales aplicadas a la vida diaria

June 4, 2015
D.T. Suzuki y Erich Fromm

Budismo Zen y Psicoanálisis

Siguiendo en la linea del post anterior, a continuación dejo el ensayo que escribí para el trabajo de final de módulo (número 5) del curso en Miriada XPacifismo, nuevos movimientos sociales del curso Paz y Noviolencia (2.ª edición)‘ en el que pongo especial énfasis en cómo se pueden aplicar los conceptos de la no-violencia en el quehacer diario y los beneficios que aportan en el momento de enfrentarnos ante la pregunta ¿cuál es el sentido de la vida?

El enfoque de este ensayo es intentar responder a la pregunta de cómo el modo de pensar desde la perspectiva de la no-violencia puede ayudar psicológicamente al bienestar del individuo en cuanto a que los preceptos que ésta postura implica suponen un cambio de orientación y actitud hacia la vida de las personas que la practican.

En primer lugar cabe distinguir que el sentimiento de cambio hacia una perspectiva distinta a la que el imaginario atávico ha dejado a un grupo social en herencia surge de la voluntad de cambio del individuo, por tanto, dicha voluntad supone un nivel que podríamos llamar micro y que puede extenderse a grupos de individuos, clases sociales e incluso a una civilización entera. A éste último efecto de la voluntad de cambio le llamaremos nivel macro, y dejaremos establecido que no tiene sentido un nivel macro si no hay un punto de partida a nivel micro, puesto que el primero es entendido como la suma de las voluntades del segundo que conducen a cada individuo a una perspectiva basada en la no-violencia, el respecto a la diversidad y el deseo de crecimiento personal en armonía con el resto de seres habitantes de éste planeta.

De acuerdo con éste planteamiento, el aspecto psicológico del individuo recibe una serie de beneficios intrínsecos en esta actitud. En primer lugar, el rechazo a cualquier forma de violencia contra sus pares y contra el medio en el que se desenvuelve le conduce irremediablemente hacia un saneamiento de su personalidad, es decir, a una higiene de carácter social en que el sujeto ya no ve como única alternativa el recurso del acto violento para mostrar su desacuerdo con la realidad cambiante en la que se inscribe y se ve obligado a lidiar. Llegado a éste punto es cuando decide cambiar su discurso y lo centra en conseguir mostrar su desacuerdo por medio de actos y palabras que no expresan violencia en sí pero sí presenta el carácter constructivo de su postura en relación a las diferentes opciones que se dan en el contexto donde se ha llegado a un conflicto. Ésta actitud de no dar el brazo a torcer crea convicciones y, además, son defendidas desde una perspectiva humana y no bélica; es decir, sin deseo de violentar a su oponente más que intentar que cambie éste su postura o que respete la suya.

Hasta aquí la participación del individuo en relación a como afronta las diferentes situaciones adversas y no adversas que a lo largo de su vida se ve obligado a afrontar refuerza de alguna manera la autoestima hasta tal punto que puede percibir que un daño a la autoestima de otra persona, incluso a otro ser vivo, produce un daño que es mejor evitar. Llega a la conclusión que puede mejorar la realidad presente sin tener por ello que forzar un cambio drástico por medio de la violencia.

Otro aspecto psicológico que irremediablemente la no-violencia se convierte en precursora es el hecho de el acto de desobediencia bien entendida. ¿Qué quiere decir esto? Una persona que está segura de sí misma porque ya no centra su discurso social en opiniones, sino en convicciones, se fortalece a sí misma cuando trata de no dejar que se imponga la voluntad de otros por medios que no son éticamente lícitos. Un ejemplo de éstos es la propia violencia, los argumentos persuasivos mediante palabras vacías y el chantaje emocional.

Más allá de la desobediencia constructiva, aparece el sentimiento de pertenencia a la humanidad. Si soy una persona que se encuentra en armonía interior, la consecuencia inmediata es la facilidad para poder encontrar, incluso construir la armonía exterior. En todo caso, tal y como ya hemos ido viendo a lo largo de éste ensayo, la semilla que permite dar el paso hacia una postura constructiva y positiva en relación a la vida nace en la voluntad del individuo para orientarse hacia ese estilo de vida, pero ¿que hace posible el nacimiento de esa voluntad? ¿Qué motiva al individuo a optar por ésta postura y no otra? Para responder a ambas preguntas tenemos que recurrir a aspectos psicológicos y culturales que en gran medida, más allá de los aspectos puramente fisiológicos, permiten captar la realidad. Vale la pena dejar claro que la postura en la que enfoco las ideas presentes en ésta reflexión no se basan en la postura relativista acerca de la naturaleza de la realidad, es decir, que la realidad no es relativa; son relativos los diferentes puntos de vista con la que nos enfrentamos a ella. Por poner un ejemplo, la realidad social es un artefacto humano que permite hacer una lectura de nuestro alrededor desde la premisa de pertenencia a un colectivo que se organiza en sociedad para lograr un fin común: superar las imposiciones de la naturaleza. Sin embargo, una persona oriental diferirá en gran medida de éste punto de vista, ya que el imaginario atávico de las culturas orientales tienen una clara tendencia a que individuo y naturaleza tiendan a integrarse más que, en oposición a la postura occidental, la demostración constante de la supremacía humana sobre el planeta. Pero el hecho que transciende a estas dos posibilidades de entender la realidad tienen origen en una motivación: ¿cual es esta motivación? Responder a ésta pregunta no es sencillo si intentamos buscar justificaciones lógicas, es decir, basadas en dualismos del tipo bien/mal, bueno/malo, verdad/mentira. Tenemos que intentar llegar a la identificación y comprensión de los principios fundantes de todo sujeto, es decir, a la naturaleza humana.

En la naturaleza humana se encuentra la necesidad de trascendencia, en otras palabras, de despertar conciencia. De acuerdo con Erich Fromm y D.T. Suzuki, en su obra ‘Budismo Zen y Psicoanálisis‘ (1975), el ser humano tiene tres etapas espirituales: la niñez, en donde las experiencias son vividas; la fase adulta, donde las experiencias ya no son vividas sino pensadas; y una tercera fase que es el volver a nacer, es decir, volver a experimentar la vida desde la postura de la experiencia y no de pensarla. Esta tercera fase, al cual desafortunadamente pocas personas llegan en vida, es lo que desde la perspectiva psicoanalítica se denomina ser consciente del inconsciente, mientas que desde la postura Zen se trata de la iluminación. Esta etapa tiene por objetivo poner fin a la tiranía de la alienación de la persona con respecto a la realidad social que la propia sociedad le ha impuesto para poder garantizar el orden de relaciones entre pares; pero mata al niño despierto, aquel que es consciente que la pelota rueda, para dejar paso a una persona que piensa que la pelota rueda. Aquí vemos la relación existente entre la no-violencia y la psicología del individuo: solo es posible si la persona toma conciencia de la necesidad de cambio que su entorno le exige y que él es incapaz de apreciar porque se encuentra atado de manos y pies en una realidad ilusoria, la realidad que la sociedad ha construido para atar a los individuos a intereses concretos, muchas veces deshonestos, que proceden de una minoría que solo entiende la palabra poder como recurso suficiente y necesario para cubrir el hueco existencial que su no-despertar le ha dejado.

En definitiva, hemos visto que la postura de la no-violencia nace en el hecho que existe una voluntad de cambio con respecto a cómo nos relacionamos con nuestro medio y con nuestros semejantes. También hemos visto que hay aspectos psicológicos y culturales que afectan a cómo captamos la realidad, y por ende, como hacemos la lectura de la misma que condicionará de forma decisiva nuestros actos en relación a los otros. También hemos visto que posibles causas motivan este cambio en aquellas personas que deciden romper con los atavismos culturales heredados por el contexto o cuna social en la que se encuentran implicados. Finalmente, hemos hecho referencia a Erich Fromm para poder responder a la pregunta sobre qué motiva a la persona a adoptar una postura basada en el amor a la vida y la no-violencia como rechazo a todo aquel sentimiento que implica destructividad hacia los otros y el propio planeta. La respuesta se encuentra en la naturaleza humana y en el hecho que cada vez dejamos de ser niños más temprano, la cual cosa quiere decir que hemos experimentado menos la vida para pasar a pensarla. Pero el segundo nacimiento en vida no siempre llega porqué la persona no es consciente de esto. Las culturas orientales, a diferencia de las occidentales tienen mayor respeto por la vida en términos de fusión con la naturaleza en vez de demostrar supremacía. Esta cuestión no excluye al mundo occidental de poder alcanzar la iluminación por otros medios, de hecho Suzuki y Fromm ya nos advierten que el psicoanálisis es el equivalente al budismo Zen de acuerdo con las convicciones racionalistas de la visión occidental de la realidad.

Para concluir, todo cambio procede de una motivación que llama a la voluntad de los individuos, y que puede suponer un acto de desobediencia contra las creencias preestablecidas, por ello está en la educación en etapas tempranas la clave para que los individuos tengan recursos para poder formularse preguntas clave que nos permiten experimentar la realidad desde una conciencia plenamente consciente del acto más que de reflexionar sobre el mismo; una de estas preguntas es ¿cual es el sentido de la vida?

From → Philosophy

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